‘Ahí abajo’

La negación del género

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Me envían un pantallazo de una entrevista de la cantante Chenoa hablando de que se pone yogurt ‘ahí abajo’

No he visto el programa. Imagino que se refiere a sus ´partes íntimas´. A estas alturas, tras siglos de exclusión y otros tantos de conquista, seguimos sin palabra.

Yo crecí sin saber cómo se llamaba lo que tengo entre las piernas.

Lo de los chicos estaba muy claro. Clarísimo. Ellos tenían ‘cola’, ‘pito’ o ‘pilila’, en versión coloquial. Pero ¿Y nosotras? Ay, encima en casa éramos tres hermanas. Tres mujeres con algo desconocido y propio a la vez bajo la ropa.

He tenido esta conversación varias veces, en diferentes contextos, ante la desesperación e indignación que me provoca esta negación de género tan asentada y en todas partes me he encontrado lo mismo: ausencia de nombre compartido y cada hogar resolvía como podía. En el mío se llamó ‘ahí’ o ‘culito de delante’. En casa de mi prima era ‘la pepita’. Cuando he preguntado a otras mujeres he oído de todo. La primera reacción es la duda. Sin excepción. “¿Cómo se llamaba?” Algunas no se acuerdan y han llegado a la conclusión de que directamente no se nombraba. Otras, de familias más modernas, sobrevivieron gracias al ´chichi´. En casa de una amiga todo el espacio de carne era el mismo culo y en otra, el asunto en cuestión, era denominado ‘minnie mouse’. Lo juro. Cuánta fantasía han tenido que desarrollar nuestras pobres madres y abuelas para salir airosas ante este tabú.

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Grace Robertson

Luego están los términos ‘chocho’ y ‘coño’, muy comunes en los adultos, (sin entrar a juzgar el tono utilizado y sus connotaciones) pero no parece que a muchas niñas de seis años sus madres les digan “límpiate bien el coñito Amparo” o “sécate el chocho Lourdes”

También hay quien me dice que soy una exagerada (ojalá) y que sí existen palabras. Me descubren, ante mi probable ausencia de cultura, que las veladas partes se llaman vagina o vulva. Y se quedan tan panchos ¿Ah sí? Guau qué riqueza de léxico a nuestra disposición que permanece atrapado en el inconsciente colectivo.

Que levanten la mano las mujeres que han crecido teniendo un nombre claro para referirse a la zona de su cuerpo con la que hacen pis, tienen hijos y orgasmos. ‘Mis partes’ no vale. Gracias.

Qué levanten la mano las madres y padres que a día de hoy no se han encontrado en esa misma tesitura algo dudosa.

La naturaleza ha sido generosa conmigo y he tenido un hijo varón. El primer hombre de una familia plagada de féminas. Lo he tenido fácil. “Tú tienes colita”. Chim pum. Pero ¡Ajá! de repente, un día, en el baño, me preguntó: “¿Y tú mamá, qué tienes tú?” “Pues yo tengo vagina o vulva”. Sí, se lo dije. Después de años dando la matraca con este tema no me iba a callar. Era mi oportunidad de aplicar la justicia verbal. Pero mentiría si afirmara que me sentí cómoda. No señor. Me noté extraña pronunciando esas palabras enfrente de él. Dudé. No lo tuve claro a pesar de mi firmeza. Por supuesto no quedó ahí. No debí estar muy convincente y estuvo días preguntándome si ya me había crecido la colita. Normal. Incluso apañó su lengua de trapo de tres años para afirmar, fruto de la máxima expresión de amor que nunca jamás recibiré, que de mayor él me compraba una. Asunto arreglado.

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Rodney Smith

Sé que la confusión con la que crecemos las mujeres, no tiene ni punto de comparación con la que viven otras personas a causa de los prejuicios de género.

Entiendo que la ausencia de término común ha sido únicamente una muestra más de la negación social de las mujeres. Solo que ésta es una lanza que está apuntando directamente al origen. Al mismo lugar en el que nace el propio género.

¿Un soterrado “muerto el perro se acabó la rabia”?

Así que gracias a Chenoa he vuelto a reflexionar sobre este asunto y he decido hacer el ejercicio de decir la palabra ‘vulva’ o ‘vagina’ treinta veces seguidas todos los días hasta que me suene tan indiferente como ‘cola’

Vulvavuvulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulvavulva

Nada, no lo consigo. Me sigue dando cosita. Ya estamos con la vergüenza ancestral grabada en nuestra memoria celular.

Ojalá sea una exagerada. Y ojalá sea sólo yo. Ojalá me hayan mentido todas las amigas y conocidas con las que he debatido. Ojalá mis sobrinas lo tengan más claro. Desde luego mi hijo ya se sabe la palabra. Ahora me toca empezar a usarla. La palabra, me refiero. La otra acepción del uso ya es cosa mía.

Gracias a todas las mujeres, desde mi madre a todas las demás, que han tejido la red necesaria de libertad y permiso para que yo esté ahora mismo pidiendo más. Poder usar una palabra asentada, sin dudas, sin rastro de pudor, de vergüenza, ni negación. Una palabra que salga orgullosa, inocente y limpia de nuestra boca, porque representa nuestro género, parte de nuestra identidad.

¿Cómo lo llamabas tú?

Elena Díaz

http://www.elenadiaz.net

 

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